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viernes, 19 de septiembre de 2014

La caverna



En 1870, Leopold von Sacher-Masoch escribió en La Venus de las pieles, la palabra Lvov. 
Lvov, cuando Sacher-Masoch estaba vivo, se decía Lemberg. No era una ciudad ucraniana, sino del Imperio Austro-Húngaro. Sacher-Masoch prefirió, para su novela, la denominación eslava.

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Alexandr Pushkin comenzó a morir en 1836: "Mi destino empieza a realizarse: desafié a muerte a Dhantés". Nunca publicó su visión, porque sus visiones eran nocturnas, fálicas, enormes, temibles, disipadas. Pushkin tenía visiones, por las que no disparaba. Ataques de cólera, por los que no mataba. Odios, por los que amaba. Su altruismo era tan grande que deseaba no haber nacido.

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Masoch nació en 1836 en Lemberg (actual Lvov). Su intimidad era escribir sobre la piel, el aislamiento ("estoy bien aislado"), la deferencia ("¿Quiere usted ser mi esclavo?"). Von Sacher-Masoch no conoció el Diario del último año de vida de Puchkin. Pero tenía una predilección por estar cubierto, por ser abrazado, por no tener escapatoria, por ser verdaderamente libre.

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"Yo no idolatro a una u otra mujer, sino su vagina. Y cuando el fuego de mi oración empieza a debilitarse, me dirijo hacia un nuevo sexo, para seguir conservando esa chispa divina. Una sola mujer no es capaz de sustituir el mundo entero de las mujeres
"¿O es que acaso se puede reprochar a un caminante que entre a rezar a los distintos templos que se encuentra en el camino si le reza al mismo Dios?"
La cita corresponde al Diario secreto de A. Serguéyevich Pushkin, el negro, el mono.
Todas las manifestaciones en Pushkin no son otra cosa que un intento por intimar al lenguaje, por volverlo silencio, por volver a las cuevas paleolíticas, por resonar el eco de las grutas. 

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La obra de Pushkin es la correcta indistinción del deseo humano: volver a la animalidad. Eugenio Onieguin no es, únicamente, una novela en verso, un paso anterior a la prosa, una narración anterior a lo moderno. Pushkin escribió el intento por no transformarse en hombre. Por seguir siendo un mono, por seguir gritando, rimando, cantando, antes que escribir. 
Pushkin amaba el útero de las mujeres como se ama no querer volver a la vida, como regresar a la calma sonora.

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Escribió Leopold Masoch: "Apresuro mis pasos, pero me doy cuenta de que he equivocado el camino y, cuando me dispongo a tomar una salida transversal por uno de los pasajes de verdor que se abre ante mí, descubro que allí mismo se halla sentada en un banco de piedra Venus, la hermosa, la marmórea; pero no, en verdad se halla allí la verdadera Diosa del Amor, en la que circula fervorosa la sangre y late vivaz el pulso".

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En 1930, Federico García Lorca: "Equivocar el camino / es llegar a la mujer, / la mujer que no teme la luz".

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Pushkin se destinó a su muerte en 1836: "Así soy en todo. Quiero llevar toda posible destrucción hasta sus últimas consecuencias, y no esperar a que ocurra por sí misma".
García Lorca fue asesinado en 1936.
Masoch nació en 1836.

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Tres años, a lo mejor tres días: Jesús es el único héroe que no cuenta su experiencia en los infiernos, dice Pascal Quignard. Tres años más que Jesús, tres más que 33 es lo que marca 1836. Pero, tal vez, tres días, en los que Jesús volvió a la tierra para decir que era preferible la oscuridad de la muerte.

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La esclavitud de Leopold von Sacher-Masoch es la esclavitud consentida: es la única libertad auto-consciente posible.

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Escribo estos fragmentos como diminutas cuevas, como pequeños vagidos, como entradas a las grutas. 
Esta cercanía de la palabra vagido a la palabra vagina no me produce ningún impacto. No es un logro. Es una forma de despedirse del mundo hablando lo menos posible.

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"En una pareja, el poder del hombre sobre la mujer radica en ocultarle el temor a perderla" (Pushkin). Es la libertad auto-consciente de la esclavitud. Es decidirse por la raíz eslava Lvov antes que Lemberg. Es la madre, es el color apagado de Dios en las cuevas.

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Las últimas palabras deben ser gritos. Mutismo. La devoración de la caverna.

viernes, 29 de agosto de 2014

La callada hoguera



En el tercer apartado de Los reportajes de Félix Chaneton, Carlos Correas: “Entonces escribir, escribir sobre mí. Es todo. No sé si será una autobiografía, o un libro de memorias, o una novela, o cuentos. Pero escribir sobre mí.
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Osvaldo Lamborghini: “no leía jamás, pero sus subrayados eran perfectos”.
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Vuelvo a Correas: “La escritura a máquinas es pareja, pocas tachaduras: pero las letras a menuda palidecen: cinta gastada, me distraigo… No. Una idea humana ha golpeado las teclas; debo pensarlo así; definitiva y frágil escritura; vuelvo a distraerme –. Seguir leyendo continuamente. Leer en el contexto, en el contexto. […] – Anoto:…”, y lo hace sobre el margen de un texto que no es el propio.
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Ahora pienso: hay algo de encontrar lagunas, márgenes, orillas inundadas. Hay una parte de la escritura que todavía no es el lenguaje. Es la grafía. Los autores que cité se preocupan por otra cosa distinta a su “propio texto” o su “propia expresión”. (Incluso ese “escribir sobre mí”, sin género, es una forma de transitar la supresión del lenguaje). Más bien, les preocupa el lugar; cerca, el útero.
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Pienso en Mario Levrero, en su intento redondo, pulido, de letra. Pienso en la “ilusión de cosa grande redonda” (Lamborghini), como respuesta. Inevitablemente pienso en Jan Liwacz moldeando la “B” de “Arbeit” para el letrero de los campos de concentración. Dice Mario Ortiz: “…antes de ubicar la B, aprovechando su último instante de libertad, la dio vuelta con un rápido movimiento y, como en un descuido, la soldó al revés”.
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Hay algo que no se puede decir, o que cuando se dice es quemado entero. Es la raíz griega que encontramos en “soldar” (*sol-) y que está presente –absorbida la S– en “holocausto” (“holos”: entero). La etimología de holocausto es, precisamente, “quemado entero”.
Sería, entonces, como la historia de la literatura: la historia de todos los malentendidos producidos por una quema de letras. Sería la historia de la letra, y ya no de las Letras. Sería la historia de la música, de lo irreverente de tener el ojo en la punta del clavo antes de fijar un significado, una forma de hablar, un nacimiento de carne textual: un grito.
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Asumo que es la diferencia en el latín: sollus (íntegro, entero) y solus (solo). Soldarse, agregarse, integrarse al lenguaje es llegar a la doble L. La soledad es la ausencia del doble.
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Hay algo en los incendios que es de hombre solo, de desoldar. No una quema como “Solución Final”. No la Shoá (catástrofe). Pienso más bien en el sacrificio del holocausto, en su etimología, en un sacrificio animal a los dioses. Pienso en el sacrificio, en la quema de la lengua, en la brasa sobre el paladar.
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Odiseo confinado (Leónidas Lamborghini). La “anotación” de Correas. Los “subrayados” de Osvaldo Lamborghini. “La inversión de las letras” de Mario Ortiz. Pienso en un programa, en la quema lenta de la literatura desde adentro, en el fuego clandestino, en un fuego que no queme a nadie y que arda entero sobre la biblioteca.
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Correas no se equivoca: “Un hombre solo no puede ser nuevo” no es el final de su texto. El final es: “Hay que vencer el miedo”. Es una “anotación” que hace: conformar una sociedad periférica. Es el 14 de mayo de 1638, es el Señor de Saint-Cyran abogando por una “Sociedad de Solitarios”.
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En el centro de la hoguera ya no se quema la humanidad, no se queman libros, no se queman hombres. En el centro de la hoguera está la ilusión de la quema. Pero ese espacio es un vientre que se persigue, al que se desea volver; un agujero en donde hay que conseguir que la llama prenda, que el ardor nos mutile.
Hay que lanzar los dardos desde la periferia, hay que inventar el silencio después del grito. Sería: lenguaje – balbuceo – grito – silencio. Lanzarse hacia un centro para que los rozamientos de la carne vuelvan a abrir el útero.
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Hay que elegir callarse: será mi estilo.